El entrenamiento de la conducta moral

Nuestra labor consiste en erradicar el sufrimiento erradicando sus causas: ignorancia, deseo y aversión. Para alcanzar esta meta, el Buda descubrió,siguió y enseñó una vía práctica para este fin alcanzable. Llamó a dicha vía El Noble Sendero Óctuple.

En una ocasión, cuando le pidieron que explicara el sendero con palabras sencillas, el Buda dijo:

"Abstenete de todos los actos perjudiciales, realiza los provechosos, purifica tu mente: ésta es la enseñanza de los Iluminados"

Es una exposición muy clara que resulta aceptable para todos, pues todo el mundo sabe que se deben evitar las acciones nocivas y realizar las beneficiosas. Pero, ¿Cómo dar una definición de lo que es beneficioso o nocivo, de lo provechoso o de lo perjudicial? En cuanto intentamos hacerlo, empezamos a basarnos en nuestros criterios, en nuestras creencias tradicionales, en nuestras preferencias y prejuicios; y por tanto, lo que hacemos es dar definiciones estrechas y dogmáticas, aceptables para unos e inaceptables para otros.

La interpretación que nos ofreció el Buda carece de estas limitaciones. Su definición de lo que es provechoso y de lo que es perjudicial, de virtud y pecado es válida universalmente: cualquier acción que perjudique a otros, ue perturbe su paz y su armonía, es una acción pecaminosa, una acción perjudicial; cualquier acción que ayude a otros, que contribuya a su paz y su armonía, es una acción virtuosa, una acción provechosa. Además, la verdadera purificación de la mente se obtiene con la experiencia directa de la propia realidad, y con un trabajo sistemático que elimine los condicionamientos que dan lugar al sufrimiento; y no con la realización de ceremonias religiosas o ejercicios intelectuales.

El Noble Sendero Óctuple se puede dividir en tres secciones en las que hay que adiestrarse: sila, samadhi y pañña. Sila es la práctica ética, la abstención de todas las acciones perjudiciales de cuerpo y palabra. Samadhi es la práctica de la concentración, el desarrollo de la aptitud para dirigir y controlar conscientemente los procesos mentales. Pañña es sabiduría, desarrollo de la purificación mental a través de la comprensión de la naturaleza real de mente y materia.

El valor de la práctica moral

Todo aquel que desee practicar el Dhamma debe comenzar por practicar sila, pues si no se da este primer paso no se puede avanzar. Debemos abstenernos de toda conducta -de palabra y de obra-  que dañe a otras personas. Se comprende con toda facilidad que la sociedad necesita ese comportamiento para evitar su desorganización, pero lo cierto es que debemos abstenernos de tales acciones no sólo porque dañan a otros; sino también porque nos dañan a nosotros mismos. Es imposible cometer una acción perjudicial -insultar, matar, robar o violar- sin generar grandes deseos y aversiones. Este momento de deseo y aversión nos proporciona infelicidad ahora, y nos proporcionará más en el futuro. El Buda dijo:

"Ardiendo ahora, ardiendo en el futuro, el mal hacedor sufre doblemente. Feliz ahora, feliz en el futuro, la persona virtuosa se regocija doblemente".

No es necesario esperar hasta después de la muerte para experimentar el cielo y el infierno, lo podemos hacer en esta vida, dentro de nosotros. Cuando cometemos acciones perjudiciales, experimentamos ese fuego del infierno que es el deseo y la aversión. Cuando realizamos acciones provechosas, experimentamos el cielo de la paz interior. Así pues, no sólo en beneficio de los demás, sino también en el propio -para no hacernos daño- tenemos que abstenernos de las palabras y de los actos perjudiciales.

Pero hay otra razón para emprender la práctica de sila: si queremos examinarnos y penetrar en lo más profundo de nuestra realidad, es imprescindible que la mente esté bien calmada y tranquila. Es imposible ver el fondo de un estanque cuando el agua está revuelta. La introspección requiere que la mente esté en calma, libre de agitación; cuando cometemos una acción perjudicial, la mente se inunda de desasosiego; cuando nos abstenemos de cualquier acción perjudicial -corporal o verbal-, es el momento en el que la mente tiene la oportunidad de sosegarse lo suficiente, para que pueda producirse la introspección.

Todavía hay una razón más por la que sila es esencial: aquel que practica el Dhamma trabaja para llegar a la meta final, la extinción de todo sufrimiento. Mientras realiza esta tarea no puede enredarse en acciones que refuercen el mismo hábito mental que está intentando erradicar. Cualquier acción que dañe a otro, forzosamente está causada y va acompañada por el deseo, la aversión y la ignorancia. La comisión de tales acciones es como dar un paso adelante y dos atrás en el camino, frustrando cualquier progreso en dirección a la meta.

Sila, pues, es necesaria para el bien de la sociedad y para el bien de cada uno de sus miembros, no sólo por el bienestar mundano de una persona, sino también por su progreso en el camino del Dhamma.

El campo del adiestramiento en sila está compuesto por tres de los factores del Noble Sendero Óctuple: Recta Palabra, Recta Acción y Recto Sustentamiento.

Recta Palabra

La palabra debe ser pura y provechosa. La pureza se obtiene eliminando la impureza. Comprendamos pues, lo que es la palabra impura y que incluye:
  •  Decir mentiras, esto es, decir algo más o algo menos que la verdad estricta.
  • Criticar y calumniar, es decir, andar con cuentos que conviertan a los amigos en enemigos, hablar a las espaldas de alguien.
  • Decir palabras ásperas, groserías que molesten a otros y que no tienen ningún efecto beneficioso.
  • El chismorreo ocioso, el parloteo sin sentido que hace perder el tiempo propio y el ajeno. La abstención de toda esta palabra impura hace que sólo queda la Recta Palabra.
Pero no debemos tomarlo sólo como un concepto negativo. El Buda explicó que quien practica la Recta Palabra:

"Dice la verdad y es resuelto en la veracidad, fidedigno, formal, franco con los demás. Reconcilia a los enemistados y estimula a los unidos. Se deleita con la armonía, procura la armonía, se regocija en la armonía y crea armonía con sus palabras. Su verbo es gentil, grato al oído, amable, afectuoso, cortés, afable y agradable a muchos. Habla en el momento oportuno, se ajusta a los hechos, se ajusta a lo que es beneficioso, se ajusta al Dhamma y al Código de Conducta. Sus palabras son dignas de ser recordadas, oportunas, bien razonadas, bien elegidas y constructivas".

Recta acción

La acción también puede ser pura. Igual que hicimos con la palabra, debemos comprender qué es lo que constituye la acción impura para podernos abstener de ella. Dicha acción incluye:

  • Matar a cualquier ser viviente.
  • Robar.
  • Llevar una conducta sexual errónea, por ejemplo, violación o adulterio.
  • Tomar intoxicantes que causen la pérdida de los sentidos de manera que no se sepa lo que se dice o lo que se hace.

El abandono de estas cuatro acciones impuras deja tras de sí la Recta Acción, la acción provechosa.

Tampoco este concepto es únicamente negativo. El Buda dijo, al describir a quien practica la Conducta Correcta:

"Prescindiendo del palo y de la espada, tiene cuidado de no dañar a nadie, está lleno de gentileza, busca el bien de todas las criaturas vivas. Libre de temor, él mismo vive como un ser puro".

Los Preceptos

La gente ordinaria que vive la vida mundana puede poner en práctica la Recta Palabra y la Recta Acción practicando los Cinco Preceptos:

  • Abstenerse de matar a cualquier criatura.
  • Abstenerse de robar.
  • Abstenerse de conducta sexual inadecuada.
  • Abstenerse de falsa palabra.
  • Abstenerse de intoxicantes.
Los Cinco Preceptos son el mínimo indispensable que se necesita para llevar una conducta mora, y deben ser seguidos por todos los que deseen practicar el Dhamma.

Sin embargo, puede suceder que un seglar tenga la oportunidad de dejar temporalmente los asuntos mundanos varias veces en su vida -quizá durante varios días, quizá uno sólo- para purificar la mente, para trabajar en busca de la liberación. Dichos períodos son el momento para practicar el Dhamma seriamente, y por ello, hay que cuidar la conducta con más minuciosidad que en la vida ordinaria. Es muy importante en ese tiempo evitar las acciones que puedan distraer o interferir con el trabajo de la autopurificación.

Es esos períodos se siguen ocho preceptos, además de incluir los cinco preceptos básicos, con una modificación -en vez de abstenerse de conducta sexual inadecuada, se abstiene de toda actividad sexual-, se añade la abstención de comer fuera de horas (es decir, comer después del mediodía), la abstención de todo entretenimiento sensorial y ornamento corporal; y la abstención de dormir en camas lujosas.

El requisito del celibato y los preceptos adicionales estimulan la tranquilidad y atención necesarias en el trabajo de introspección y ayudan a librar a la mente de toda perturbación externa. Sólo es necesario seguir los Ocho Preceptos durante el tiempo dedicado a la práctica intensiva del Dhamma, y, cuando ese período finaliza, el seglar puede volver a adoptar los Cinco Preceptos como norma de su conducta.

Finalmente, los preceptos que siguen los que han decidido adoptar la vida sin hogar de un recluso, de un monje o monja mendicante, son diez. Esos Diez Preceptos, además de incluir los ocho primeros, con el séptimo dividido en dos; añaden un precepto más: abstenerse de aceptar dinero. Los reclusos deben sustentar su vida exclusivamente de la caridad que reciban, para que estén libres a dedicarse de lleno al trabajo de purificar sus mentes, en beneficio propio y de los demás.

Los preceptos, cinco, ocho o diez, no son fórmulas huecas, dictadas por la tradición, literalmente son "pasos para implementar el entrenamiento"; son medios muy prácticos para asegurarse de que las propias palabras y actos no dañen a uno mismo o a alguien más.

Recto Sustentamiento

Toda persona debe tener un medio de subsistencia adecuado. Existen dos criterios en el Recto Sustentamiento; el primero es que no debe haber ninguna necesidad de romper los Cinco Preceptos en el trabajo, puesto que evidentemente, ello perjudicaría a otros. Además de esto, no se puede hacer nada que anime a otras personas a romperlos, ya que esto también causaría daño. Nuestro medio de vida no debe implicar daño a otros seres ni directa ni indirectamente.

Toda forma de sustentarse que exija matar, sean seres humanos o animales, con toda claridad non es un sustentamiento correcto. Pero tampoco es Recto Sustentamiento si la muerte es causada por otro y nosotros nos limitamos a comerciar con las partes del animal sacrificado, su piel, carne, huesos, etc. , porque estamos dependiendo de las acciones incorrectas de los demás. Vender licor o drogas puede ser muy rentable, pero aún en el caso de que uno mismo se abstenga de tomarlos, el acto de venderlos anima a otros a intoxicarse y por lo tanto; a dañarse a sí mismo. Administrar una casa de juegos y apuestas puede ser muy lucrativo, sin embargo, los que van a apostar se dañan a sí mismos. Vender venenos o armamento -armas, munición, bombas, misiles- es un buen negocio, pero daña la paz y la armonía de las multitudes.

Ninguno de estos oficios es Recto Sustentamiento.

Puede que un trabajo determinado no perjudique a nadie en principio, pero si se realiza con esta intención, no es Recto Sustentamiento. El médico que ansía una epidemia o el comerciante que espera una hambruna, no practican el Recto Sustentamiento.

Todo ser humano es un miembro de la sociedad, cumplimos nuestra obligación hacia ella con el trabajo que realizamos, sirviendo a nuestros semejantes de diversas maneras, y a cambio de ello recibimos nuestro salario. Incluso un monje, un recluso, hace u8n trabajo con el que se gana las limosnas que recibe: el trabajo de purificar su mente en su propio bien y en bien de los demás. Pero si comienza a explotarlos engañándolos, realizando proezas mágicas o pretendiendo logros espirituales falsos; en ese caso no está practicando el Recto Sustentamiento.

La práctica de sila es una parte integral del camino del Dhamma, y sin ella, no puede haber progreso porque la mente estará demasiado agitada para poder investigar la realidad interna. Hay quienes predican que el desarrollo espiritual es posible sin sila; esta gente, hagan lo que hagan, no siguen la enseñanza del Buda. Es posible experimentar diversos estados de éxtasis sin practicar sila, pero es un error contemplarlos como logros espirituales. Con toda certeza sin sila, uno no podrá jamas liberar la mente del sufrimiento y experimentar la verdad última.

Del libro "El arte de vivir" de William Hart

Dhammapada: capítulo 2 "La Atención"

Capítulo 2: La Atención
21. La atención es el camino hacia la inmortalidad; la inatención es el sendero hacia la muerte. Los que están atentos no mueren; los inatentos son como si ya hubieran muerto.
22. Distinguiendo esto claramente, los sabios se establecen en la atención y se deleitan con la atención, disfrutando del terreno de los Nobles.
23. Aquel que medita constantemente y persevera, se libera de las ataduras y obtiene el supremo Nibbana.
24. Gloria para aquel que se esfuerza, permanece vigilante, es puro en conducta, considerado, autocontrolado, recto en su forma de vida y capaz de permanecer en creciente atención.
25. A través del esfuerzo, la diligencia, la disciplina y el autocontrol, que el hombre sabio haga de sí mismo una isla que ninguna inundación pueda anegar.
26. El ignorante es indulgente con la inatención; el hombre sabio custodia la atención como el mayor tesoro.
27. No os recreéis en la negligencia. No intiméis con los placeres sensoriales. El hombre que medita con diligencia, verdaderamente alcanza mucha felicidad.
28. Cuando un sabio supera la inatención cultivando la atención, libre de tribulaciones, asciende al palacio de la sabiduría y observa a la gente sufriente como el sabio montañero contempla a los ignorantes que están abajo.
29. Atento entre los inatentos, plenamente despierto entre los dormidos, el sabio avanza como un corcel de carreras se adelanta sobre un jamelgo decrépito.
30. Por permanecer alerta, Indra se impuso a los dioses. Así, la atención es elogiada y la negligencia subestimada.
31. El monje que se deleita en la atención y observa con temor la inatención, avanza como el fuego, superando todo escollo grande o pequeño.
32. El monje que se deleita en la atención y observa con temor la inatención, no es tendente a la caída. Está en presencia del Nibbana.

El entrenamiento de la concentración

Del libro "El arte de vivir" de William Hart
Tratamos de controlar nuestras acciones verbales y físicas con la práctica de sila; sin embargo, la causa del sufrimiento yace en las acciones mentales. Limitarnos a refrenar nuestras palabras y nuestros actos no tiene objeto; mientras la mente siga hirviendo en deseo y aversión, en acciones mentales perjudiciales. No podremos ser felices mientras sigamos lastimándonos a nosotros mismos de esta manera. Tarde o temprano, el deseo y la aversión entrarán en erupción y romperemos sila, dañándonos a nosotros y a los demás.

Podemos comprender intelectualmente que realizar acciones perjudiciales es un error; al fin y al cabo, todas las religiones han predicado la importancia de la moralidad durante miles de años. Sin embargo, en cuanto llega la tentación, desborda la mente y se rompe el sila. Un alcohólico sabe perfectamente bien que no debe beber porque el alcohol le hace daño, pero, en cuanto surge el deseo, toma alcohol y se intoxica. No puede evitarlo porque no tiene control sobre su mente. Pero en cuanto aprendemos a dejar de forjar acciones mentales perjudiciales, resulta fácil abstenerse de las palabras y de los actos perjudiciales.

Puesto que el problema  se origina en la mente, es en la mente donde debemos enfrentarlo. Para hacerlo, debemos emprender la práctica de bhavana -literalmente "desarrollo mental"- o meditación en lenguaje común. Desde el tiempo de Buda, el significado de la palabra bhavana se ha ido volviendo más imprecisa a medida que su práctica ha ido declinando. En los últimos tiempos se ha utilizado para referirse a cualquier forma de cultivar la mente o proyecto espiritual, e incluso a actividades tales como leer, hablar, escuchar o pensar sobre el Dhamma.

"Meditación", que es la traducción más común de bhavana, se utiliza con poca exactitud para referirse incluso a actividades muy diferentes entre sí: desde relajación mental, ensoñaciones diurnas y asociaciones libres, hasta auto hipnosis. Todo esto queda muy lejos de lo que el Buda quiso decir con bhavana. El utilizó este término para referirse a ejercicios mentales específicos, técnicas precisas para enfocar y purificar la mente.

Bhavana incluye dos tipos de entrenamiento: concentración (samadhi) y sabiduría (pañña). La práctica de la concentración se llama también "El desarrollo de la tranquilidad" (samatha bhavana), y el de la sabiduría "El desarrollo de la visión cabal" (vipassana bhavana). La práctica de bhavana se inicia con la concentración, que es la segunda división del Noble Sendero Óctuple; y consiste en la acción provechosa de aprender a tomar el control de los procesos mentales para convertirse en el dueño de la propia mente. Son tres las partes del sendero que caen dentro de este entrenamiento: Recto Esfuerzo, Recta Atención y Recta Concentración.

Recto Esfuerzo
El Recto Esfuerzo es el primer paso en la práctica de bhavana. La mente es fácilmente vencida por la ignorancia y dominada por el deseo y la aversión. Tenemos que fortalecerla de algún modo para que se vuelva firme y estable, para que se convierta en una herramienta útil; que nos sirva para examinar los niveles más sutiles de nuestra naturaleza, para primero revelar, y después eliminar nuestros condicionamientos.

Un médico que quiera diagnosticar la enfermedad del paciente, tomará una muestra de sangre y la pondrá bajo un microscopio. Antes de examinar la muestra, debe asegurarla en el foco y enfocar bien el microscopio; sólo entonces será posible inspeccionar la muestra, descubrir la causa de la enfermedad y poner el tratamiento adecuado para curarla. Igualmente, debemos aprender a enfocar, fijar, y mantener la mente en un solo objeto de atención para hacer de ello un instrumento que nos sirva para examinar nuestra realidad mas sutil.

El Buda recetó varias técnicas para concentrar la mente, cada una de ellas adecuada para la persona específica que iba a él en busca de entrenamiento. La técnica más apta para explorar la realidad interior, la técnica que el Buda mismo practicó, es la de Anapana-sati, "atención de la respiración".

La respiración es un objeto de atención fácilmente disponible para todo el mundo; porque todos respiramos desde que nacemos hasta que morimos. Es un objeto de meditación universalmente accesible y universalmente aceptable. Para empezar a practicar bhavana, los meditadores se sientan adoptando una postura erguida que les sea cómoda, y cierran los ojos. Debe hacerse en una habitación tranquila, sin estímulos que distraigan la atención. La primera actividad que se advierte en cuanto se va del mundo exterior al interior, es la propia respiración; así pues, se presta atención a este objeto: el aire entrando y saliendo por las ventanas de la nariz.

No es un ejercicio de respiración, es un ejercicio de atención; y el esfuerzo no consiste en controlar la respiración, sino en permanecer conscientes de ella tal y como es naturalmente, larga o corta, pesada o ligera, áspera o sutil. La atención se mantiene fija en la respiración durante tanto tiempo como sea posible, sin permitir que ninguna distracción rompa la cadena de la consciencia.

Como meditadores, vemos de inmediato lo difícil que resulta. Tan pronto como intentamos mantener la mente fija en la respiración, comienza a preocuparnos un dolor en las piernas. En cuanto intentamos reprimir todos los pensamiento que distraen la atención, irrumpen mil cosas en la mente: recuerdos, planes, esperanzas, temores... En el momento en que una de ellas consigue acaparar nuestra atención, nos damos cuenta al cabo de un rato, que nos hemos olvidado totalmente de la respiración. Comenzamos de nuevo, con renovada determinación; y de nuevo, al poco tiempo, vemos que la mente se ha vuelto a escabullir inadvertidamente.

¿Quién está en control aquí? Nada más iniciamos este ejercicio, vemos de inmediato y con toda claridad que la mente está fuera de control, que la mente no hace más que huir de la realidad saltando de un pensamiento a toro, de un objeto de atención a toro, igual que un niño mimado agarra un juguete, se aburre y agarra otro, y luego otro...

Este hábito está profundamente arraigado en la mente, es lo que l amente ha estado haciendo toda la vida. Pero, al empezar  a investigar nuestra verdadera naturaleza, debemos detener esas huidas; debemos cambiar el modelo de conducta de la mente, y aprender a mantenernos en la realidad. Comenzamos tratando de fijar la atención en la respiración, cuando nos damos cuenta de que se ha distraído; con paciencia y calma la llevamos de nuevo a su sitio. Fallamos, y volvemos a intentarlo una y otra vez. Seguimos repitiendo el ejercicio con una sonrisa, sin tensión y sin desánimo; al fin y al cabo el hábito de toda una vida no se cambia en unos cuantos minutos. La tarea requiere práctica repetida y continua, amén de paciencia y calma. Así es como desarrollamos la consciencia de la realidad. Esto es el Recto Esfuerzo.

El Buda describió cuatro tipos de Recto Esfuerzo:

  1. Prevención del surgimiento de estados nocivos y perjudiciales.
  2. Eliminación de los ya surgidos.
  3. Generación de estados beneficiosos no existentes todavía.
  4. Mantenimiento constante de estos estados, haciendo que se desarrollen y alcancen total madurez y perfección.

Al practicar la atención en la respiración, practicamos los cuatro esfuerzos correctos. Cuando nos sentamos y fijamos la atención en la respiración, sin ningún pensamiento que se interponga; iniciamos y mantenemos un saludable estado de autoconciencia. Nos impedimos caer en distracciones o divagaciones, perder de vista la realidad. Si surge un pensamiento, no lo perseguimos, volvemos una vez más la atención a la respiración. De este modo desarrollamos la aptitud de la mente para permanecer enfocada en un sólo objeto y resistir las distracciones, dos cualidades esenciales de la concentración.

Recta Atención
La observación de la respiración es un método para practicar la Recta Atención. El sufrimiento procede de la ignorancia; reaccionamos porque no sabemos lo que estamos haciendo, porque no conocemos nuestra propia realidad. La mente pasa la mayor parte del tiempo perdida en fantasías e ilusiones, reviviendo experiencias agradables o desagradables; y anticipándose al futuro con impaciencia o miedo. Mientras andamos perdidos en tales deseos y aversiones, somos inconscientes de lo que está sucediendo ahora, de lo que estamos haciendo ahora mismo. A pesar de que con toda seguridad, lo más importante para  nosotros es, el momento presente -el ahora-; porque no podemos vivir en el pasado que ya se ha ido, ni podemos vivir en el futuro que está fuera de nuestro alcance. Sólo podemos vivir en el presente.

Si somos inconscientes de nuestras acciones presentes, estamos condenados a repetir las equivocaciones del pasado y nunca podremos obtener lo que soñamos para el futuro. Pero si logramos desarrollar la capacidad de ser conscientes del momento actual, podremos utilizar el pasado como pauta para ordenar las acciones del futuro, de manera que nos sirvan para alcanzar nuestra meta.

El Dhamma es el camino del aquí y el ahora, por eso debemos desarrollar la habilidad para estar atentos al momento presente. Necesitamos un método para enfocar la atención sobre la realidad del instante. La técnica de Anapana-sati es dicho método; practicándolo, desarrollamos la autoconsciencia del aquí y ahora: en este momento inspiramos, en este momento espiramos. Ejercitando la atención en la respiración, nos hacemos conscientes del momento actual.

Otra razón para desarrollar la consciencia de la respiración, es el deseo de experimentar la realidad última; y el focalizar la atención en la respiración nos ayuda a explorar todo lo que ignoramos sobre nosotros mismos, a traer al plano consciente todo lo que hasta ahora había sido inconsciente. La respiración actúa como un puente entre la mente consciente y la inconsciente porque funciona de ambas maneras. Podemos, a voluntad, respirar de una forma determinada, controlar la respiración; también podemos detenerla durante algún tiempo, y cuando dejamos de intervenir en ella, continúa de forma natural.

Por ejemplo: podemos empezar a respirar un poco más fuerte intencionadamente, para fijar la atención con mayor facilidad; y tan pronto como la sintamos clara y firme, dejamos que la respiración se produzca de forma natural - ya sea fuerte o suave, profunda o superficial, larga o corta, rápida o lenta-. No hacemos ningún esfuerzo por regularla, el único esfuerzo consiste en ser conscientes de ella. Al mantenernos atentos a la respiración natural, hemos empezado a observar el funcionamiento autonómico del cuerpo, algo que normalmente es inconsciente. Partiendo de la observación de una realidad burda -la respiración intencional-, hemos progresado hasta la observación de una realidad más sutil -la respiración natural-. Así comenzamos a avanzar más allá de la realidad superficial hacia la consciencia de una realidad más sutil.

Una razón más para desarrollar la atención de la respiración es la liberación del deseo, la aversión y la ignorancia; dando previamente el paso de apercibirnos de todo ello. En este sentido, la respiración nos sirve de ayuda porque actúa como un reflejo del estado mental. Cuando la mente está tranquila y en calma, la respiración es regular y suave, pero en cuanto surge una negatividad; ya sea ira, odio, miedo o pasión, la respiración se hace más áspera, pesada y rápida. De esta manera, la respiración nos advierte de nuestros estados mentales y nos ayuda a empezar a tratar con ellos.

Pero todavía nos queda otra razón para practicar la atención en la respiración. Puesto que nuestra meta es una mente libre de negatividad, debemos poner gran cuidado en que cada paso que demos hacia la meta sea puro y provechoso. Debemos utilizar un objeto de atención conveniente, incluso en el estado inicial de desarrollo de samadhi; y la respiración es ese objeto, porque no podemos sentir deseo o aversión hacia ella. Además es algo plenamente real, divorsiado de toda ilusión o engaño. Todo ello la convierte en un objeto de atención adecuado.

En el momento en que la mente está enfocada por completo en la respiración, se halla libre de deseo, libre de aversión y libre de ignorancia. Por más breve que sea ese momento de pureza, es muy provechoso porque desafía todos los condicionamientos del pasado. Se remueven todas las reacciones acumuladas, y comienzan a asomarse a la superficie en forma de dificultades diversas -tanto físicas como mentales- que entorpecen nuestros esfuerzos para desarrollar la atención. Puede que experimentemos impaciencia por progresar, lo que es una forma de deseo. Quizá la aversión surja en forma de enojo y depresión porque el progreso nos parece lento. A veces el sopor nos abruma y nos sentimos amodorrados tan pronto como nos sentamos a meditar.

En algunas ocasiones estaremos tan agitados que nos dispersaremos o encontraremos cualquier excusa para evitar meditar; en otras ocasiones el escepticismo minará el deseo de trabajar con dudas obsesivas e irracionales sobre el maestro, la enseñanza o nuestra aptitud para meditar. Cuando nos topemos subitamente con todas estas dificultades, es muy posible que pensemos en abandonar la práctica por completo.

En esos momentos, debemos comprender que todos estos obstáculos han surgido únicamente como una reacción provocada por el éxito obtenido con la práctica de la atención en la respiración, y desaparecerá gradualmente si perseveramos en ela. En cuanto lo hagamos, el trabajo se verá facilitado; porque eso significará que algunas capas de condicionamientos han sido erradicadas en la superficie de la mente, incluso en este estadío temprano de la práctica. De esta manera, vamos limpiando la mente y avanzando hacia la liberación, incluso cuando practicamos la atención en la respiración.

Recta Concentración
La consciencia del momento presente se desarrolla fijando la atención en la respiración; el mantenimiento constante de esta atención, por un período de tiempo tan largo como sea posible, es Recta Concentración.

La concentración también es necesaria en las actividades cotidianas de la vida ordinaria, pero no es necesariamente la que llamamos Recta Concentración. Una persona puede estar concentrada en la satisfacción de un deseo sensorial o en la supresión de un temor. Un gato aguarda con toda su atención puesta en una ratonera, listo para saltar en cuanto aparezca un ratón. Un ladrón está absorto en la cartera de la víctima esperando el mejor momento para quitársela. Un niño, en la cama por la noche, mira fijamente lleno de miedo, el rincón más obscuro de la habitación; imaginando monstruos escondidos en las sombras. Ninguno de estos ejemplos es Recta Concentración, la concentración que puede utilizarse para la liberación. Samadhi debe tener por núcleo un objeto que esté libre de todo deseo, de toda aversión y de toda ofuscación.

En cuanto empezamos a practicar la atención en la respiración, vemos lo difícil que resulta sostenerla ininterrumpidamente. A pesar de la firme determinación de mantener la atención fija en el objeto, se nos escabulle de una forma u otra, vemos que somos como un borracho intentando caminar en línea recta, y que sin embargo; da bandazos de un lado a otro. De hecho, estamos embriagados con nuestra  propia ignorancia e ilusiones, y no hacemos  más que dar bandazos del pasado al futuro, del deseo a la aversión, no podemos mantenernos en el sendero recto que es la atención continúa.

Debemos, como meditadores, ser sabios y no dejarnos deprimir o desanimar cuando nos enfrentamos a estas dificultades. Lo que tenemos que hacer es comprender que cambiar los hábitos mentales que se han ido enraizando profundamente durante años, lleva tiempo y que sólo puede conseguirse trabajando con insistencia, continuidad, paciencia y perseverancia.

La tarea consiste sencillamente en devolver la atención a la respiración tan pronto como nos demos cuenta de que se ha extraviado; si lo conseguimos, habremos dado un paso importante para enmendar los vagabundeos de la mente. A través de repetir la práctica, cada vez se retoma la atención con más presteza; los períodos de olvido se acortan gradualmente y se van prolongando los de atención sostenida, samadhi.

A medida que se fortalece la concentración, vamos sintiéndonos relajados, felices y llenos de energía. La respiración cambia poco a poco y se vuelve suave, regular, ligera y superficial; a veces parece incluso que se ha parado por completo y, de hecho, cuando la mente se calma; también se calma el cuerpo y el metabolismo se hace más lento, necesitando entonces menos oxígeno.

En esta fase, aquellos que practican la atención en la respiración, pueden tener diversas experiencias inusuales mientras están sentados con los ojos cerrados; como por ejemplo, ver luces, o tener visiones, u oír sonidos extraordinarios. Todas estas llamadas experiencias extrasensoriales, son meros indicadores de que la mente ha alcanzado un alto grado de concentración. Estos fenómenos no tienen ninguna importancia en sí mismos, y no debe prestárseles ningún atención. El objeto de la atención sigue siendo la respiración, cualquier otra cosa es una distracción. Tampoco debemos esperar dichas experiencias, pues en unos casos suceden y en otros no; todas estas experiencias extraordinarias son simples señalamientos que indican el progreso en el camino, y que a veces están escondidos a la vista. También puede suceder que estemos tan absortos en el camino que pasemos de largo sin advertirlos. Pero si tomamos dichos señalamientos como la meta final y nos apegamos a ellos, dejaremos totalmente de progresar. Después de todo, son muchas las experiencias extrasensoriales que se puede tener. Los que practican el Dhamma no buscan esas experiencias, sino lograr la penetración en su propia naturaleza para alcanzar la liberación del sufrimiento.

Por tanto, seguimos prestando atención nada más que a la respiración. A medida que la mente aumenta el grado de concentración, la respiración se hace más sutil, y es más difícil seguirla; por lo que se requiere de un esfuerzo aún mayor para permanecer atento. De esta manera seguimos afilando la mente, agudizando la concentración; para hacer de ella una herramienta que nos permita penetrar más allá de la realidad aparente, y poder observar la realidad interior más sutil.

Hay muchas otras técnicas para desarrollar la concentración. Se puede aprender a concentrarse en una palabra a base de repetirla, o en una imagen visual, o incluso a realizar una determinada acción física una y otra vez. Haciendo todo eso, es posible absorberse en el objeto de atención, y conseguir un extasiante estado de trance; pero aunque no hay duda de que ese estado es muy agradable mientras dura, cuando termina, nos encontramos de vuelta a la vida ordinaria  con los mismos problemas de antes. Todas esas técnicas funcionan, desarrollando una capa de paz y gozo en la superficie de la mente, pero los condicionamientos permanecen intactos en lo profundo. Los objetos que se utilizan en dichas técnicas para lograr la concentración, no tienen ninguna conexión con nuestra realidad de cada momento; la beatitud o éxtasis que se obtiene está impuesta, creada intencionalmente, en vez de surgir espontáneamente de las profundidades de una mente purificada. El Recto Samadhi no puede ser una intoxicación espiritual, debe estar libre de todo artificio, de toda ilusión.

También con la enseñanza del Buda se pueden obtener diversos estados de trance -jhana- . El mismo Buda aprendió oco estados de absorción mental, antes de obtener la iluminación; y siguió practicándolos durante toda su vida. Sin embargo, los estados de trance no pudieron liberarlo por sí solos. Por ello, cuando enseñó los estados de absorción, enfatizó que su función era meramente la de servir como escalones en el desarrollo de la visión cabal. Los meditadores no desarrollan la capacidad de concentración para experimentar estados de beatitud o éxtasis, sino para forjar la mente, y hacer de ella un instrumento con el que examinar su propia realidad; y eliminar los condicionamientos que causan su sufrimiento. Ésta es la Recta Concentración.


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